- Quinto día

QUINTO DÍA

María Madre del buen consejo

“Hágase en Mí, según tu palabra” (Lc. 1,38)

Mamá Margarita ejerció una influencia importantísima en la vida de San Juan Bosco. Él quedó huérfano de padre cuando apenas contaba con dos años y medio de edad, y la educación se la brindó su santa madre, formidable mujer que, aunque analfabeta, poseía dotes maravillosos para educar. Cuando su hijo llegó a ser sacerdote, se fue con él a Turín, y allí, junto a su hijo, pasó los últimos diez años de su vida, haciendo de madre amorosa para  centenares de huerfanitos abandonados, que Don Bosco fue recogiendo para educarlos y librarlos de peligros materiales y espirituales. Los muchachos de Don Bosco la llamaban cariñosamente “Mamá Margarita”, y así la llaman los salesianos de todo el mundo. Don Bosco hablaba muy hermosamente de ella en la “Autobiografía” que por orden del Papa tuvo que escribir. Es 1860. Han pasado cuatro años del fallecimiento de la querida madre. La herida aún está  abierta y su recuerdo latente en la memoria de aquel sacerdote de  cuarenta y cinco años de edad. Cierta vez tuvo una visión…

Mi mamá Margarita había muerto el 25 de noviembre de 1856, pero en el mes de agosto de 1860 soñé que viniendo cerca del Santuario de la Consolata me encontraba por el camino con ella. El aspecto de mi madre era bellísimo. Y yo admirado le pregunté:

– ¿Pero cómo, Su merced aquí? ¿No está muerta?

– He muerto pero sigo estando viva – me respondió – ¿Y su merced es feliz? – Totalmente feliz. Felicísima.

– Le pregunté si había ido al paraíso inmediatamente después de su muerte, y me respondió que no.

Luego le pregunté si en el paraíso estaban algunos de mis mejores alumnos que habían muerto. Le dije los nombres y me dijo que sí estaban allá. Luego le pregunté: ¿Me podrá explicar qué es lo que se goza en el paraíso?

– Aunque te lo dijera, no lo podrías comprender – me respondió.

– ¿Pero no me podría dar aunque fuera una pequeñita muestra de lo que allá se goza, o se ve, o se oye? Y en ese momento vi a mi madre totalmente resplandeciente, adornada con una lujosísima vestidura, con un rostro de maravillosa majestad y belleza, y acompañada de un numeroso coro que cantaba solemnemente. Y ella empezó a cantar un himno de amor a Dios, un canto de una dulzura que nadie logra explicar, un canto tan bello que llenaba de gozo y de dicha el corazón, y que elevaba la mente hacia las alturas celestiales. Parecía que fuera un coro de millones y millones de voces, a cual más de hermosas y armónicas, desde las voces más graves y profundas, hasta las más elevadas y agudas. Y una incontable variedad de modulaciones, tonalidades y vibraciones, unas fuertes, otras suaves, combinadas con el arte más exquisito y con una delicadez tal que formaban un conjunto maravilloso.

Al oír aquellas finísimas melodías quedé tan emocionado que me parecía estar fuera de este mundo y no fui capaz de decir nada ni de preguntar ninguna otra cosa más a mi madre. Cuando hubo terminado el canto, Mamá Margarita se volvió hacia mí y me dijo: “Te espero en el Cielo, porque nosotros los dos debemos estar siempre cerca del uno del otro. Dichas estas palabras desapareció”.

Ya a las puertas de la muerte le había dicho a su hijo. “Juan, me voy. Todo lo mío queda en otras manos. La Virgen los ayudará. Escucha: no te preocupes por el éxito de tus obras. Sólo la gloria de Dios. Ama la pobreza en tu casa. Encomiéndame al Señor. Yo no me cansaré de pedirle por ustedes”.