- Segundo Día

SEGUNDO DÍA

María, Madre de la santa esperanza

“La madre de Jesús dijo: No tienen vino” (Jn. 3,3)

Una pastora y un rebaño. 1844

Es 1844 y han transcurrido veinte años desde aquel sueño misterioso de la niñez. El niño creció y ahora es un joven sacerdote con apenas tres años de ministerio sacerdotal. Le llaman Don Bosco y goza aún del dinamismo de sus primicias ministeriales. Es sacerdote, sí, pero aún no tiene claro el lugar concreto que Dios ha soñado para él. Está en permanente búsqueda. Un nuevo sueño revelaría oscuramente a manera de un pergamino que se desglosa lentamente algún elemento nuevo de su misión. Don Bosco lo cuenta así:

“El segundo domingo de octubre de aquel año (1844), tenía que anunciar a mis jovencitos que el Oratorio pasaría a Valdocco. Pero la incertidumbre acerca del lugar y de los medios y de las personas, me tenía preocupado. La víspera fui a dormir con el corazón inquieto. Aquella noche tuve otro sueño que parece ser continuación del que tuve en I Becchi cuando tenía nueve años. Creo oportuno exponerlo con detalle.

Soñé, pues, que estaba en medio de una multitud de lobos, zorros, cabritos, corderos, ovejas, carneros, perros y pájaros. Todos juntos hacían un ruido, un alboroto, o mejor, una batahola capaz de espantar al más intrépido. Iba a huir, cuando una amable Señora vestida de pastorcilla, me indicó que siguiera y acompañase aquel extraño rebaño, mientras ella se ponía al frente. Anduvimos vagando por varios lugares; hicimos tres estaciones o paradas. A cada parada, muchos de aquellos animales cuyo número cada vez aumentaba más, se convertían en corderos. Después de andar mucho, me encontré en un prado, en donde aquellos animales corrían y se alimentaban juntos, sin que los unos tratasen de hacer daño a los otros.

Agotado de puro cansancio, quise sentarme junto al camino vecino; pero después la pastorcilla me insistió que siguiera andando. Después de un corto trecho de camino me encontré en un patio grande, rodeado de corredores y a cuyo extremo se levantaba una Iglesia. En aquel momento, me di cuenta de que las cuatro quintas partes de aquellos animales ya se habían convertido en corderos.

A este punto llegaron algunos pastorcillos para custodiarlos, pero estaban poco tiempo y se marchaban. Entonces sucedió algo maravilloso: no pocos de los corderos se convertían en pastores, que crecían y cuidaban del rebaño. Como aumentaba mucho el número de pastores, fueron dividiéndose y marchando a diferentes sitios para escoger otros animales de otro origen y guiarlos a otros hacia el cambio.

Yo quería marcharme de allí, porque me pareció que era hora ya de celebrar misa, pero la pastora me invitó a mirar al sur. Miré y vi un campo sembrado de maíz, patatas, coles, remolachas, lechugas y muchas otras verduras.

– Mira de nuevo – me dijo.

Miré otra vez. Entonces vi una Iglesia tan alta y grandiosa. Un coro acompañado de orquesta y música instrumental y vocal me invitaban a cantar la misa. En el interior de la Iglesia había un gran letrero en el que estaba escrito con letras inmensas: ‘Ésta es mi casa, de aquí saldrá mi Gloria”.

Siempre en sueños pregunté a la pastora que en dónde me encontraba; qué querían decir aquel andar y detenerse, aquella casa, una Iglesia y después otra Iglesia. Ella me respondió:

-                     Todo lo comprenderás cuando, con los ojos materiales, veas realizado lo que ahora contemplas con los ojos del entendimiento.

Y como me pareciera que estaba despierto, dije:

-                     Yo veo claro y veo con los ojos materiales. Sé a dónde voy y qué hago.

En aquel momento, sonó la campana de la torre de la Iglesia de San Francisco de Asís y me desperté.

Esto duró casi toda la noche; lo acompañaron muchas circunstancias. Entonces entendí poco de su significado, porque no le daba gran crédito; pero después fui entendiendo poco a poco las cosas, según se iban realizando. Más tarde me sirvió, juntamente con otro nuevo sueño, como programa para tomar mis decisiones.