- Séptimo día

SÉPTIMO DÍA

María en la presentación del Señor

“Todos están llamados a la santidad pues esta es la voluntad de Dios: su santificación” (1 Tes. 4,3)

Mayo de 1865. En Valdocco y en las incipientes presencias salesianas, ha ido creciendo la devoción a la Virgen María con el título de “Auxiliadora de los Cristianos”. Y no solo en las casas salesianas, sino también en Turín. El gran propagador ha sido el santo turinés, que se ha valido de medios sencillos para expandir la devoción. Es el Mes de la Virgen y en Valdocco se multiplicaron los rezos del rosario, los altares marianos, la práctica de florecillas, confesiones, comuniones y una serie de homenajes para la Madre del cielo. El día 30 de aquel mes contó Don Bosco el siguiente sueño:

“Contemplé un gran altar dedicado a la Virgen y muy hermosamente adornado. Vía a todos mis discípulos avanzando en procesión hacia él. Cantaban una canción a la Virgen, pero no todos del mismo modo. Unos cantaban con exactitud y muy afinados y con hermosa voz.

Otros cantaban con voz ronca y desentonada y fuera de tiempo. Había algunos que estaban callados sin cantar. Y varios se salían de la procesión y se iban a otros sitios, y varios bostezaban aburridos y sin fervor. No faltaban quienes ponían zancadillas a los otros y se reían burlonamente.

Todos llevaban regalos para ofrecérselos a la Virgen Santísima. Cada uno tenía en sus manos un ramo de flores, unos más grandes, otros más pequeños. Unos llevaban rosas, otros claveles, otros violetas.

Pero algunos llevaban regalos muy raros: por ejemplo, uno llevaba una cabeza de cerdo. Otro un gato. Alguien llevaba un plato lleno de sapos, otro un conejo y alguno llevaba un corderito.

Junto al altar de la Virgen había un hermoso joven con alas, probablemente es el ángel que protege nuestra obra, y este joven iba recibiendo la ofrenda que cada uno llevaba.

A los que presentaron hermosos ramos de flores les recibió con gusto su ofrenda y la colocó junto a los pies de Nuestra Señora. A otros al notar que en su ramo de flores traían algunas ya marchitas, desató el ramillete y sacó las marchitas y las echó a la basura, y las demás las colocó junto al altar.

A algunos no les recibió las flores que presentaban porque eran flores sin perfume, y la Virgen quiere realidades y no solo apariencias. Los ramilletes de flores de algunos tenían espinas y clavos entre las flores. En ángel quitó las espinas y clavos antes de colocar las flores junto a la Reina del Cielo.

Cuando llegó el que llevaba un cerdo, el ángel le dijo: – ¿Cómo te atreves a presentar ese regalo? ¿No sabes que el cerdo representa los pecados de impureza, y que María es la más pura de todas las criaturas? Retírate y no presentes esa ofrenda.

Llegaron los que llevaban un gato y el ángel les dijo:

– ¡Retírense! ¿No saben que el gato representa a los que roban? Eso significa que se dedican a quitar cosas, dineros, libros, alimentos, etc., y que malgastan el dinero que sus padres pagan por ellos, porque no estudian, y destrozan sus vestidos sin importarles lo que cuestan. Y los hizo apartarse a un lado.

Llegaron luego los que llevaban platos con sapos y el ángel les respondió:

– Los sapos representan a los que dan escándalos y malos ejemplos a los demás. La Virgen Santísima no recibe esas ofrendas.- Y se retiraron avergonzados.

Luego avanzaron unos con un puñal clavado en el corazón. Significan los que reciben sacramentos estando en pecado mortal. El ángel les dijo:

– ¿No se dan cuenta de que llevan la muerte en el alma? (“Tienen nombre de vivos pero están muertos, dice el Apocalipsis). ¡Por favor: que les quiten ese cuchillo del corazón! Y éstos fueron también colocados aparte y lejos del grupo.

Enseguida llegaron los demás que llevaban conejos, corderos, pescado, uvas y nueces. El ángel recibió todo y lo puso junto al altar y después de separar los buenos de malos e hizo formar ante el altar a todos aquellos cuyas ofrendas si habían sido aceptadas. Y con tristeza del alma pude notar que el número de los que no habían sido aceptados era más numerosos de lo que yo me había imaginado.

Y aparecieron por lado y lado del altar dos ángeles trayendo cada uno una canasta llena de hermosísimas coronas de rosas, pero eran rosas del Cielo que no se marchitan y que significan la inmortalidad. Y a cada uno de aquellos a quienes sí les había sido aceptada sus ofrendas, le fue colocada una de esas coronas en su cabeza. Las coronas eran supremamente hermosas y yo veía que allí desfilaban para ser coronados no solamente los discípulos que ahora tengo sino los discípulos que tendrán nuestras obras en tiempos futuros.

Y enseguida sucedió algo impresionante: Había jóvenes de rostro nada simpático y que no eran agradables ni atrayentes en su presentación externa, y a éstos les correspondieron las coronas más ricas y hermosas, porque lograron conservar mejor su pureza o castidad. Otros tenían también esta virtud pero en grado inferior. Muchos otros recibieron coronas por su obediencia, por su humildad, o por su amor de Dios. Cada uno recibía una corona proporcionada a los esfuerzos que había hecho por portarse bien.

El ángel les dijo:

– Han recibido estás coronas como premio a su buen comportamiento. Esfuércense cada uno para lograr que los enemigos del alma no le roben su corona. Hay tres medios para conservarlas:

1. Ser humildes.

2. Ser obedientes.

3. Esmerarse por conservar la virtud de la pureza.

Estas tres virtudes: humildad, obediencia y pureza los harán agradables ante la Virgen María y les conseguirán una corona infinita de premios en el Cielo.

Los jóvenes que no habían sido coronados desaparecieron y los que sus recibieron coronas empezaron a cantar un himno a la Virgen con voz tan fuerte que… yo me desperté.

Recuerdo muy bien quiénes sí fueron coronados y en qué virtud sobresalían, y quiénes fueron rechazados y por qué. Pueden pasar en estos días y le diré a cada uno en qué estado vi su alma en el sueño, y qué es lo que debe hacer para que la Virgen Santísima le acepte sus ofrendas.

Mientras tanto les dos estás explicaciones: Todos llevaban flores a la Virgen, pero noté que casi todos tenían espinas entre sus flores. Y me fue dicho que esas espinas representan a la desobediencia: No hacer lo que hay obligación de hacer, y dedicarse a hacer lo que está prohibido, llegar tarde y no cumplir los propios deberes. (“¿Has visto a alguno que cumpla bien sus deberes de cada día? Ese no quedará entre los últimos. Ese será de los primeros. Pero el desobediente no será coronado.”, dice el Libro de los Proverbios).

Otros llevaban entre sus flores un clavo. Y con clavos fue crucificado Jesucristo. San Pablo dice que el que peca crucifica de nuevo a Jesucristo. Clavos son los pecados que se cometen y no se combaten. Se empieza por pequeñas faltas y se va llegando a cometer pecados graves. El que es infiel en lo poco, también será infiel en lo grande, decía Nuestro Señor.

Muchos llevaban flores sin perfume. Son las obras buenas que se hacen sin querer apartarse del pecado o que se hacen por ser vistos y ser felicitados y no por agradar a Dios. Esas obras buenas son rechazadas. Dice el salmo 49: “El señor Dios dice al pecador obstinado: ¿Por qué andas diciendo que me amas, tú que desprecias mis mandatos y no los quieres cumplir? Te acusare de esto y te lo echaré en cara”.

Pero el ángel permitía que los que quisieran fueran y arreglaran sus ramilletes y les quitaran las espinas y los clavos y las flores sin perfume y volvían, y entonces sí se les aceptaba su ofrenda. Así que cada uno puede proponerse enmendar sus errores y malos comportamientos y entonces sí eran aceptadas sus ofrendas.