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El Patriarca del pueblo Achuar

Por padre Vicente Santilli SDB

Conocí al padre Luis Bolla (Yánkuam´Jintia) en Quito-Ecuador, una tarde del mes de diciembre de 1979. Su mirada revelaba un gran amor por Cristo y los hermanos Achuar por quienes iba entregando toda su vida. Conversamos detenidamente sobre su misión. Él hablaba con tal entusiasmo que desde ese primer momento tuve la sensación de encontrarme con un misionero diferente, extraordinario, un hombre rico de ideas y  proyectos, un misionero que había roto los esquemas tradicionales para iniciar un camino nuevo según las orientaciones del Concilio Vaticano II.

Yánkuam´ nos ha dejado una gran herencia y muchos desafios. Él se distinguió por su gran amor a Dios y entrega a los demás. El 6 de enero durante los Ejercicios Espirituales, antes del mal que lo llevará a la muerte, escribe entre otras cosas: “Temo tu silencio, Señor, ¡tan largo! Pero no puedo pretender que tú me hables como cuando me llamaste siendo niño, aunque creo que Tú lo puedes hacer… Ayúdame, Señor. Creo y espero en Ti, sin verte, ni escucharte. Pero sí, creo que sigues resucitado con nosotros y conmigo. Señor Jesús, miro tus ojos y te amo… Jesús y María quédense conmigo y con todos”. […] ”Quédate siempre en tu Iglesia, que has fundado. Gracias Jesús. Tú recogerás mi último suspiro, juntamente con María, tu Madre y nuestra Madre. Quédate, Jesús, conmigo y con todos nosotros, que la tarde está cayendo”.

En segundo lugar nos deja el testimonio de su extraordinaria pasión por una evangelización inculturada. En uno de sus comentarios de 1997 escribe: “Pienso que el servicio más grande que he hecho a este pueblo, ha  sido haberle dado día tras día la Palabra del Evangelio, para que los achuar conocieran la persona de Jesús y creyeran en su Fuerza, Luz y Vida para ellos. Esta ha sido la alegría más grande y que siempre he sentido y sin la cual, creo, jamás hubiera resistido tantos años, y por la cual nunca,  hasta ahora, perdí el entusiasmo en la vida con los achuar”.

Por último nos da el ejemplo de su disponibilidad para servir a todos sin diferencia de etnia, religión o ideología, siempre con grande entereza y alegría. Fue visitado por judíos, agnósticos, evangélicos y no creyentes… Todos se alejaban contentos por haberlo conocido y haber pasado  momentos inolvidables con él.

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