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¡Feliz día, Don Ángel!

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Nací en una familia muy humilde. Vivíamos papá, mamá, una hermana menor, ahora casada, una abuela a la que enterré con 94 años, además un tío soltero. Ese era mi cuadro familiar. Vivíamos todos en una casita muy humilde.

Yo tenía nueve años cuando un día pasa por delante de la puerta de casa, donde estaba mi papá preparando los anzuelos, una señora. Tenía una vecina, de más o menos setenta y tantos años; se llamaba María Sánchez. A ella la fusilaron en la guerra civil, pero no acertaron y no la mataron, solo le hirieron una pierna y cojeaba por esa bala.  La noche del fusilamiento salió de entre los muertos fusilados y se libró de la muerte. Años después fue la primera mujer alcaldesa de la ciudad de León, en España.

Ella veraneaba cerca de mi casa, vio a mi papá y le preguntó qué hacía y le dijo si la podía llevar a dar un paseo en barca. Mi papá le dijo que sería un día que no fuera a pescar.

Un día me dice mi papá: Vete a llamar a esa señora. Y nos fuimos a dar un paseo en barca con toda la familia.

A ella le gustó mucho, así que el paseo se repitió, y así surgió una amistad con mis padres. Un día la invitaron a la casa a comer pescado y otro día, y así sucesivamente. Pasó un año. Yo era un niño que estudiaba en una pequeñita escuela y ella preguntó a mis papás: ¿Qué harán con este niño?   Mi papá dice: acabará la escuela y luego vendrá al mar conmigo. Soy pescador, no tenemos posibilidades de hacer nada más, será como su padre, pescador.

Y ella dice: ¿Por qué no lo mandan a estudiar después del bachillerato? Se le ve despierto. Yo conozco a unos frailes (así llamó a los salesianos) que están con los chicos y él puede ir a estudiar. Dele una oportunidad.  Mi padre dijo que éramos muy pobres y que no teníamos posibilidad,  a lo que ella contestó: Ustedes pagan algo, que no será mucho y yo consigo lo demás y verán como él podrá estudiar.

Mi padre preguntó: Hijo, qué quieres hacer?  Yo levanté los ojos y no digo palabra. ¿Qué sabía yo que era aquello?  Un año después me veo camino a una casa salesiana,  la más  cercana en aquel momento, a 250 kilómetros de mi pueblo.  A mis papás ya no los vi hasta después de seis meses porque era muy caro viajar. Así que solo volvía en el verano para ir al mar con mi padre.

Estudié con los salesianos. Estudiaba bien, pero algún castigo recibí, y eso que era buen chico.

Después de terminar de estudiar, decido seguir con mi vida y comenzar mis estudios en la universidad para estudiar medicina o química. Me autorizan en la universidad. Yo había pedido una beca y tenía una ayuda para estudiar donde quisiera y comprarme lo necesario.

Además tenía una amiguita en el pueblo con la que paseábamos en la barquita, era mi amiga especial.

Yo no puedo explicarles por qué motivo estoy aquí. Tenía todo lo que un joven podía desear en ese momento: la universidad, una ayuda económica, una amiga con quien podría seguir adelante. Aun así, siento la necesidad de decirle a mis padres: Tengo todo esto, pero yo quería hacer la experiencia de descubrir si mi vida es la de ser salesiano.  Me gustó lo que viví cuando estuve entre ellos.

No fue una llamada espectacular, no tuve un sueño, solo dentro sentía que debía darme esta oportunidad. Mis padres humildes, sin formación, sin estudios, me dijeron: Hijo, es tu vida. Si va a ser bueno para ti, hazlo. Si mis padres me hubieran dicho: No; te necesitamos, trabaja en el mar, y luego, a la universidad, que para eso hemos gastado, yo habría dicho: Bueno, está bien.

Si aquella señora no pasa por allí, yo jamás habría conocido a los salesianos. En definitiva, fui, hice el noviciado, me sentí feliz, comencé mi vida como salesiano. He sido muy feliz y, 36 años después, estoy aquí.

No puedo no narrar esto y no darme cuenta que el Señor tiene sus mediaciones. Porque, sin la mediación de aquella mujer o de mis padres, no sé qué sería de mi vida. Pero sé que no estaría aquí con ustedes. Allí es donde uno ve que el Señor habla y se sirve de los medios que cree convenientes para acompañarte en el camino de la vida.

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